CON ESPECIAL ALEGRIA

Comienzo este blog con especial alegría, para atender a los lectores de mis artículos en El Diario de Hoy pero abierto también a toda persona que ame las verdades y deteste las mentiras, cualesquiera que sean sus ideas religiosas o antirreligiosas, sus aficiones culturales y sus ideas políticas. Aquí no interesa el nivel político en sí; pretendo moverme en un nivel mucho más alto: en el ámbito de lo que es verdad y lo que es mentira.

Se ha perdido para extensas multitudes, no sólo el sentido de Dios sino también el sentido moral de toda vida humana pues se niegan a reconocer que existen Leyes Universales sobre lo que es bueno hacer y sobre lo que no se debe hacer. Viven con un concepto falso de la libertad, una libertad para pensar y hacer lo que a cada uno se le antoje. Pero si se pierde el sentido de Dios y de esas leyes morales universales, con una libertad donde lo único malo es que alguien o algo trate de impedir sus actos, entonces se pierde la capacidad de indignarse u oponerse ante realidades malvadas verdaderamente monstruosas.

Un ejemplo muy ilustrativo de esta falta de conciencia moral generalizada lo tenemos en el caso de Planned Parenthood. Se sabía y se permitía que existiese esta millonaria institución dedicada a frenar la natalidad distribuyendo anticonceptivos y practicando abortos de seres humanos desde su etapa embrionaria. Recientemente salieron a la luz pública que además mantiene un lucrativo negocio vendiendo partes de los niños abortados para experimentos científicos. Si esto hubiera ocurrido en 1950 o antes el escándalo y la repulsa mundial se habría traducido en cerrar esa empresa y llevar a juicio penal durísimo a los responsables de Planned Parenthood. ¿Cuál ha sido el castigo actual? Solo que algunas empresas que les donaban millones hayan dejado de dárselos.

Ante esta situación procuraré dejar muy claro lo importante que es no solo respetar y hacer respetar esas leyes morales universales sino vivirlas en la vida personal de cada uno. Destacaré la importancia de una sociedad integrada por personas y familias que orientan su vida hacia el bien del prójimo. Ellos cambiarán el mundo como lo cambiaron los primitivos cristianos que les tocó vivir en una cultura decadente sobre todo por su corrupción  moral, muy semejante pero no tan grave como la que padece la cultura actual.

Vivimos en medio de mentiras y violencias de todo tipo pero sabiendo que es imposible que crezca en la corrupción ni un país, ni el mundo entero en lo más importante: en  la alegría y felicidad de vivir.

Iré, semana a semana, señalando donde están la verdad y el bien moral y donde está la cultura malvada, destructiva, destinada a desaparecer..

Un saludo a los viejos amigos y a los nuevos que irán llegando.

Anuncios
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

LEER PARA PENSAR

Incluyo hoy en mi blog, este magnifico discurso del escritor español José Ramón Ayllón, autor de magníficos libros de pensamiento y de narrativa reflejando estupendamente el mundo de los jpovenmes de hoy.

Este texto que hoy presento es  una flecha certera sobre una realidad dolorosa: mucha gente, y más entre la gente joven, ha perdido la afición por leer y eso se nota en la escasa capacidad de pensar reflexivamente y con una ortografía y redacción defectuosas.

Ojalá sirva este texto para que muchos se animen a entrar en el marvillosos mundo de la buena litertura.

——————————————–

ImagenDurante 50 años del siglo XX, en Etiopía ejerció su poder absoluto un famoso emperador: Haile Selassie. Después de su muerte, uno de sus altos dignatarios le contaba al periodista Kapuscinski lo que sigue:

Teníamos, querido amigo, una prensa muy leal, de una lealtad ejemplar, diría yo. Tampoco es que fuera una prensa excesivamente importante, pues para treinta millones de súbditos se imprimían diariamente veinticinco mil ejemplares de periódicos. Pero Nuestro Señor, el Emperador, opinaba que incluso la prensa más adicta no debía aparecer en abundancia, pues tal exceso con el tiempo podría crear el hábito de leer, y de ahí no hay más que un paso al hábito de pensar, y ya se sabe la de disgustos, sinsabores, tormentos y quebraderos de cabeza que esto acarrea.

Ironías aparte, ¿por qué ustedes y yo debemos leer buenos libros? Se lo preguntamos a Gombrich, el autor de la Historia del Arte más leída en las últimas décadas, y nos responde, con un poco de pesimismo, que:

La vida es a menudo triste, y es una crueldad bárbara privar a nuestros jóvenes de la energía y de la inspiración que pueden encontrar, durante toda su vida, en el contacto vivificante con las obras maestras del arte, de la literatura, de la filosofía y de la música.

Con más gracia, un Rector de Universidad observaba que:

En la informática, el inglés y las carreras técnicas se agota actualmente el horizonte cultural de jóvenes inteligentes que pronto tomarán el relevo en la dirección de la sociedad. Por desgracia, el producto de esa educación serán personas de las que se podrá decir, parafraseando a Unamuno, que no están educadas pero saben decir tonterías en cinco idiomas.

Si a la informática sumamos las redes sociales, ahora podríamos hablar no ya de un cambio cultural, sino de una mutación:

Del Homo Sapiens, producto de una cultura escrita milenaria, se está pasando al Homo Videns, infraeducado por la imagen.

Ahora ya sabemos que, si la lectura despierta y aviva la inteligencia, las imágenes la mecen y adormecen. Pero también conocemos el remedio para esta involución: las neuronas de nuestros jóvenes recuperarían la buena forma con menos Internet y más lectura, con menos facebook y más the face in the book.

Necesitamos libros que nos ayuden a esclarecer el laberinto del mundo. Porque vivimos en un mundo con sobredosis de información y de mensajes contradictorios, donde a menudo “lo bello es feo y lo feo es bello”, como cantaban las brujas que engañaron a Macbeth.

Con frecuencia –dice Tagore- leemos el mundo al revés y luego nos extrañamos de no entender nada. Incluso está de moda interpretar el mundo en clave equivocada:

– en clave relativista:     “todo vale”

– en clave hedonista:      “lo importante es el placer, pasarlo bien”

– en clave subjetivista:   “la verdad es lo que yo pienso, lo que me cnonviene”

– en clave nihilista:                  “nada vale la pena: la vida es un cuento sin sentido…

– en clave agnóstica:      “a saber quién es y dónde está Dios, si es que existe

En medio de esta situación, los buenos libros –en primer lugar los clásicos- nos ayudan precisamente a rectificar esos puntos de vista:

– frente al todo vale: hay conductas dignas e indignas, lógicas y patológicas.

– frente al subjetivismo: el peso de la realidad.

– frente al hedonismo: el bien no coincide exactamente con el placer: pues hay bienes que exigen mucho sacrificio, hay placeres indignos, y hay placeres que pasan facturas elevadas e irreversibles.

– respecto al “Dios no habla” del agnosticismo, es bueno saber que la mayor  parte de la humanidad ha pensado que Dios no calla, que todo nos habla de Él.

OTRO ASPECTO IMPAGABLE de los grandes libros es que nos ayudan a entendernos:

Aunque cada uno es, para uno mismo, el ser más inevitable, también es misterioso. Escribe Borges:

Para mí soy un ansia y un arcano,

Una isla de magia y de temores,

Como lo son tal vez todos los hombres.

Precisamente por esa ignorancia nos gusta la literatura ¿Qué buscamos en las historias de Homero o Cervantes, de Shakespeare o Tolkien? Nos buscamos a nosotros mismos.

“A veces ser humano es difícil”, escribió Vicente Aleixandre. Y es verdad, porque todos sufrimos la desconcertante e íntima desproporción entre lo que deseamos y lo que conseguimos. Perseguimos el equilibrio y la felicidad, pero obtenemos el desasosiego de una raquítica cuenta de resultados.

Por eso –repito- nos gustan los relatos literarios: queremos aprender de sus protagonistas, conocer lo que han hecho para lograr la plenitud, saber qué caminos han elegido o rechazado, y qué han logrado a fin de cuentas. Necesitamos historias para reconocernos en ellas y aprender a vivir. Si el hombre es un ser de múltiples aprendizajes, el más difícil de todos es la gestión de la propia vida, porque las posibilidades de la libertad son múltiples y contradictorias. Por tener un futuro abierto e indeterminado, cualquiera de nosotros puede llegar a ser un héroe o un villano, y esa incertidumbre nos empuja a fijarnos en los demás para ver cómo han asumido ese riesgo: cómo han llevado las riendas de sus vidas, cómo han encajado los éxitos y los fracasos, cómo han superado las adversidades o se han hundido en ellas. Necesitamos la buena literatura y sus historias para tomar medidas a la realidad y escarmentar en la cabeza ajena de Melibea o Lázaro de Tormes, para soñar como el Principito, para luchar como el viejo pescador de Hemingway, para amar como Héctor, para esperar como Penélope, para aspirar a la bondad esencial de don Quijote.

PERO HAY ALGO MÁS, o mucho más… Y es que estamos hechos para la belleza. No sólo para el alimento, el trabajo, el descanso, el conocimiento o el lenguaje. También, y muy principalmente, para la belleza. Su llamada no es una urgencia fisiológica, ni tiene valor biológico de superviviencia, pero es inequívoca y constante, y está estrechamente relacionada con la aspiración humana a la plenitud.

Stendhal dijo magníficamente que la belleza es una promesa de felicidad. Pues bien, la literatura satisface –en gran medida- nuestra necesidad de gozo estético.

¿Cómo resumir lo que llevamos diciendo?

Creo que Platón lo logra en el mito de la caverna. Ahí viene a decir que vivimos en un mundo de sombras, donde reina la penumbra, y que vivir de forma inteligente significa abrir bien los ojos para entender el mundo y nuestra misión, para interpretar bien nuestro papel. Por eso la mascota de la Filosofía es la lechuza.

Según esto, todo escritor, en el fondo, está llamado a iluminar la caverna, a escribir libros que nos ayuden a entender cuestiones tan importantes y misteriosas como el amor, el sufrimiento, la libertad, la muerte, y lo único más importante que la vida: el sentido de la vida. Si eso se logra en un libro, estamos ante un buen escritor y ante un buen libro.

Por eso entendemos el fervor de Maquiavelo, cuando escribe aquella espléndida carta a su amigo Vetturi, donde se pinta a sí mismo en el trance de la lectura:   Venuta la sera, mi ritorno in casa, et entro nell mio scrittorio… Cuando cae la tarde, regreso a casa y entro en mi escritorio. Pero antes me quito el vestido diario y me pongo el traje con que he visitado a los reyes y a la curia. Con esa elegancia entro en la corte de los hombres antiguos, y soy recibido por ellos con afecto. Allí me alimento de aquella comida que es sólo para mí, pues yo para ella nací. Y no me avergüenzo en hablar con ellos: les pregunto la razón de sus acciones, y ellos, con exquisita cortesía, me responden. Y durante cuatro horas no siento tedio, olvido todo afán, no temo a la pobreza, no me aterra la muerte: todo yo me convierto en ellos.

¡Eso son libros! ¡Y eso es un lector! En las antípodas de aquel alumno que me decía: “Ayer por la tarde, estaba tan aburrido que hasta me puse a leer un libro”.

En el polo opuesto, Dostoyevski, prisionero en Siberia, cercado por “desoladas llanuras de nieve infinita”, escribía a su familia: “Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera”.

Mi alumno no sabía que los grandes libros nos rescatan de la condición de Homo neandertalensis con que todos nacemos. Desconocía que los clásicos aceleran tanto nuestro viaje interior, nos alejan tanto de la vulgaridad, que cuando regresamos al mundo ya no somos los mismos.

“Me encontré con un libro de un tal Cicerón”, cuenta San Agustín. “Era una exhortación a la filosofía y llevaba por título Hortensio. Su lectura cambió mi mundo afectivo, mis proyectos y mis deseos. También encaminó mis oraciones hacia Ti, Señor. De golpe, las expectativas de mi frivolidad perdieron crédito, y con increíble ardor deseaba la sabiduría. Tenía entonces diecinueve años y empecé a leer no ya para afinar la sutileza de mi lengua y ganar más dinero, sino por el mismo contenido del libro”.

Francisco de Quevedo, en su vejez, resume la inagotable aportación de los grandes escritores, en un soneto célebre:

Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos, libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos,

y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

o enmiendan, o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.

Para que esta ponencia no sea demasiado teórica, puede ser oportuno ofrecer algunos títulos concretos. A la hora de recomendar libros, tiendo a pensar en relatos históricos y biográficos. Me parecen especialmente aconsejables porque con ellos matamos tres pájaros de un tiro: nos hacen disfrutar de la buena literatura, nos enseñan historia y nos proponen modelos de conducta.

Estoy pensando, por ejemplo, en:

* la Apología de Sócrates, de Platón

* las Meditaciones, de Marco Aurelio

* las Confesiones, de San Agustín

* el Julio César de Carcopino

* Leonor de Aquitania, de Regine Pernoud

* el Hernán Cortés de Madariaga

* el Tomás Moro de Vázquez de Prada

* las Cartas de Etty Hillesum

* Ébano, de Kapuscinski,

* El maestro Juan Martínez que estaba allí, Chaves Nogales

* Todo fluye, de Vasili Grossman

* Verde agua, de Marisa Madieri

* Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg

* Autorretrato con radiador, de Christian Bobin

* Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig

* El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.

Kafka proclamaba, con su característico radicalismo, que no debemos perder el tiempo con libros que no se nos claven como un hacha, resquebrajando lo que está congelado en nuestro cerebro y en nuestro espíritu. Así es, y así son los títulos citados.

Víctor Frankl, por ejemplo, logra un resumen magistral de su experiencia en Auschwitz, cuando escribe: “¿Qué es el hombre? Es el ser que ha inventado las cámaras de gas y, al mismo tiempo, ha entrado en ellas, con paso firme, musitando una oración”.

Al leer Ébano, un libro sobre África, disfrutas con mil historias profundamente humanas, casi todas sorprendentes, algunas inverosímiles. Y aprendes historia: descubres –entre otras cosas- que la Leyenda Negra de España en América es un juego de niños frente a la explotación esclavista de África, llevada a cabo de forma implacable, durante tres siglos, por británicos, franceses, holandeses, portugueses e italianos.

Deslumbrado por los autores mencionados, he sentido a menudo lo que Stefan Zweig expresa en estas palabras: Cuando leo a Montaigne, tengo la impresión de que, en sus páginas, está mejor pensado y expresado, con más claridad y nitidez, lo que constituye la preocupación más profunda de mi alma. Hay en esas páginas un “tú” en el que se refleja mi “yo”. No tengo delante un libro, una literatura, una filosofía, sino a un hombre del que soy hermano: un hombre que me aconseja, que me consuela y traba amistad conmigo. El papel impreso desaparece en la penumbra de la habitación, porque un extraño ha entrado en mi casa. Pero ya no es un extraño, sino alguien a quien siento como amigo. Cuatrocientos años se han disipado como el humo.

SI TUVIERA QUE RESUMIR el secreto de los grandes libros en una línea, hablaría de su capacidad de plasmar por escrito el amor a la verdad y a la belleza.

Todo buen libro no es ni más ni menos que eso:

un fondo enriquecedor envuelto en una forma bella.

Pero la verdad y la belleza no son cualquier cosa. Vienen a ser:

– las mejores credenciales del mundo.

– las cualidades más importantes y atractivas de la realidad.

– y también el alimento más sabroso de ese extraño animal

racional y sentimental en el que todos nos reconocemos.

En consecuencia, verdad y belleza son los pilares que sostienen nuestra vida, por debajo de cualquier eventualidad y de “los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne”, como sentenció Shakespeare.

Verdad y belleza es lo que encontramos en cualquier página de Homero y Platón, de Confucio y Séneca, de San Agustín y Dante, de Cervantes y Antonio Machado, de Ana Frank, de Miguel Delibes: el novelista castellano que dedicó una novela a su mujer, donde nos dice, hermosamente, que esa Señora de rojo sobre fondo gris era capaz, con su sola presencia, de aligerar la pesadumbre de vivir.

Verdad y belleza que bien se pueden escribir con mayúscula, porque sospechamos, igual que Steiner, que “la fuerza de Homero y Shakespeare, la tristeza y el idealismo de Don Quijote, la luz que entra por la ventana de Vermeer, la alegría de Vivaldi y de Mozart están hablando de lo mismo en el momento exacto en que las palabras fracasan”.

Platón nos explicó que la belleza es la llamada de otro mundo para despertarnos, desperezarnos y rescatarnos de la vulgaridad de la caverna que habitamos. Desde entonces sabemos, entre otras cosas, que el Ser Sagrado tiembla en el ser querido.

       José Ramón Ayllón                                                  joserra.ayllon@

Publicado en FIRMAS INVITADAS | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

De la cultura de la vida.- 4

¿HAY ALGO PERENNE  EN  NUESTRA  CULTURA?

 Alguien ha escrito, con ocasión de la guerra de Iraq, que “de aquí salió la civilización pero nunca volvió”. Es una frase ingeniosa pero injusta. Es cierto que entre los ríos Tigris y Éufrates, hace unos seis mil años atrás, en las amplias llanuras bien regadas y fértiles que los griegos llamaron Mesopotamia (meso = entre; potamos = río) se descubrió la agricultura; así los humanos se hicieron sedentarios; abundó la buena alimentación; crecieron las poblaciones; las aldeas se transformaron en ciudades;  las ciudades en Estados y con ello surgió toda una estructuración social, con poderes y funciones  bien delimitados que permitían ya hablar de verdaderas civilizaciones. Aquí apareció también una escritura ya muy elaborada –la escritura cuneiforme- y un Código legal –el de Hamurabi- que es el más antiguo de los que se conservan.hamurabi (1)

         Pero decir que no volvió la civilización no es verdad. La cultura antigua, en su superposición de lo sumerio-acadio-asirio-babilónico-persa, desapareció cuando Alejandro Magno anexionó estas tierras a su extenso y fugaz imperio, pero después llegaría un nuevo esplendor con la conquista y auge de la cultura musulmana. Con su tercer califa, Omar, se fundaron las ciudades de Kufa y Basora. Cuando comenzaron los califatos de los abbasíes, la corte que había estado en Damasco (Siria), pasó de nuevo a la Mesopotamia y el califa Almansur hizo construir allí la ciudad de Bagdad que quedó como capital del Imperio. Bajo el reinado del nieto de Almansur, Harun al Rashid (años 786 al 809), Bagdad llegó a ser el centro cultural y la ciudad más lujosa y espléndida de toda la Edad Media. Divisiones políticas y religiosas iniciarían, después, la decadencia. Al final serían los turcos los que levantarían un nuevo imperio islámico, muy agresivo, que tuvo en jaque a Europa hasta su derrota en  la batalla de Lepanto (7-10-1571) donde comenzó el declinar del imperio turco otomano y la decadencia cultural del Islam hasta nuestros días.

         Cuando se repara en ese surgir, expandirse y decaer de culturas que llegaron a ser el culmen de la civilización, uno se pregunta ¿por qué desaparecieron? ¿que es lo que les faltó para perdurar? Toda América, del norte, centro y sur, vive, con modos peculiares, de la cultura europea. Y Europa y su cultura, ¿de dónde salieron y por qué es en esta cultura donde se disparó el progreso de la ciencia y de la técnica hasta lograr el mundo de hoy?

         Le preguntaron un día al poeta francés Paul Valéry (1871-1945) ¿qué es Europa? Respondió con sólo tres palabras:

Atenas, Roma, Jerusalén.

Lo cual es muy cierto. Europa es hija de las culturas que tuvieron su centro creador en esas tres ciudades. La cultura griega separó la razón del mito religioso, creando la filosofía, la libertad del ciudadano y llevando a la Bellas Artes a una perfección en cierto modo inextinguible, pues vuelve a aparecer, de algún modo en el Renacimiento de los siglos XV y XVI, en el Neoclasicismo del siglo XVIII y sigue siendo inspiración para arquitectos y escultores de nuestros días.

El filósofo italiano Gianfranco Morra definía como el gran legado de Roma: “conservar la herencia de Grecia pero también algo original: la creación del Derecho y la organización del Estado. Los romanos dejan a Europa el derecho natural que, asumido y profundizado por la filosofía cristiana del Medioevo, constituirá el fundamento del liberalismo moderno y de la democracia. La teoría de los derechos naturales, el iusnaturalismo, constituye la especificidad de Europa. Ninguna otra civilización la ha enunciado. Pensemos en la Islámica, donde falta por completo: no existe ley natural, sino sólo revelada, totalmente contenida en el Corán, texto a la vez religioso y político. Europa funda en los derechos naturales la distinción entre legalidad y legitimidad. Los derechos del hombre no proceden del Estado; los posee antes de formar parte del Estado, por su misma naturaleza.”

images (3)Más sorprendente es que de un pequeño pueblo, Israel, nómada primero y esclavo después, sin grandes desarrollos culturales comparándolo con los imperios con los que convive (Babilonia, Egipto, Roma) salga la idea y la fuerza religiosa de un Dios único, Creador, Providente y Misericordioso. Pero si con la Creación y la Alianza de la revelación hebrea Dios entra en el mundo, el cristianismo llegará más allá con un Dios hecho  hombre y Salvador del hombre.

El historiador Federico Chabod, con la imparcialidad y frialdad científica del auténtico historiador, ha dicho: “No podemos no ser cristianos, aunque no sigamos las prácticas del culto, porque el cristianismo ha modelado nuestro modo de sentir y de pensar hasta extremos indelebles; la diferencia profunda que se da entre nosotros y los antiguos, entre nuestro modo de sentir la vida y el de un contemporáneo de Pericles o de Augusto, se debe a este gran hecho, el mayor hecho sin duda de la historia universal, que es el verbo cristiano.”

Algunos piensan, no sin razones que la cultura europea está en decadencia y puede llegar a desaparecer. No es imposible si se toma en el sentido estricto de europeo-occidental, pero en cambio no es posible si se refiere al fondo o núcleo esencial de la misma, el cristianismo, que primero fue judío, luego romano, bárbaro, feudal, europeo, americano y después africano y asiático. CristianismoEl cristianismo no está hecho para lograr una cultura propia, cerrada y perecedera, sino para ser la sal y la luz de cualquiera de las civilizaciones que vayan apareciendo y que quieran llevar en ellas algo de eternidad.*

 

 

Publicado en Mi firma | Etiquetado , , , , , , , , , | 2 comentarios

De la culltura de la vida.-3

EL COMIENZO DE LA VIDA HUMANA

images (1) Si no se ama y se defiende la vida humana desde  su comienzo hasta su fin natural, carece de lógica, de ética y de sentido común cualquier otra defensa de la vida, de la ecología, de los derechos humanos, de la democracia y de la salud social. Una presunta cultura basada en un falso derecho al aborto sólo se puede sostener por la fuerza política, económica, mediática o las tres juntas, pero basada en falsedades. La Cultura de la Muerte es un coloso gigantesco pero con los pies de barro. Su “barro” es la mentira científica,  la corrupción moral  y la desgracia humana.

         ¿Qué es el aborto provocado? Una acción en la que se mata a un ser humano máximamente inocente, máximamente indefenso. ¿Quiénes decretan directamente su muerte? Los dos que mayormente debían defenderla: a) su madre, dotada por la naturaleza para ser su protección, su alimento y su desarrollo; b) un médico, cuya dignidad y deber profesional se fundan en procurar la salud y la vida.

            También en este aspecto esencial de la cultura, destaca el cristianismo. Desde su comienzo fue un decidido defensor de la vida humana intrauterina. Juan Pablo II recuerda: “Desde que entró en contacto con el mundo greco-romano, en el que estaba difundida la práctica del aborto y del infanticidio, la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con su doctrina y praxis, a las costumbres difundidas en aquella sociedad” (“Evangelium Vitae”.61).En la Didaché (documento que incluso puede ser anterior a los últimos textos del Nuevo Testamento) se escribe: “No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido” (Did. 2, 2).  La Epístola a Diogneto, texto alrededor del año 150, le explica a un tal Diogneto cómo son los cristianos diciendo: “Los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres.”(…)” Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia” (Ep.Diog. 5,5). Tertuliano, uno de los grandes escritores cristianos (siglo I-II) escribe en su Apologético el contraste entre la decadente cultura pagana y la creciente cultura cristiana:“Los que los arrojan al Tíber; los que los exponen para que el hambre, los fríos y los perros se los coman ó los maten; los que procuran los abortos, no negarán que los matan”(…) “A nosotros no nos es lícito no solamente matar hombres ó niños, pero ni desatar aquellas sangres que en el embrión se condensan. La ley que una vez nos prohíbe el homicidio, nos manda no descomponer en el vientre de la madre las primeras líneas con que la sangre dibuja la organización del hombre, que es anticipado homicidio impedir el nacimiento. No se diferencia matar al que ya nació y desbaratar al que se apareja para nacer, que también es hombre el que lo comienza á ser como fruto de aquella semilla (Apologeticum, 9). No sabían biología pero estuvieron de acuerdo con lo que la ciencia ahora ha demostrado experimentalmente. Clara refutación a los que proclaman que la religión y la ciencia son opuestas.

Desde siglos atrás en la cultura europea se consideró que el ser humano lo era desde el momento de “la concepción”, entendiendo como tal la unión de un óvulo con un espermatozoide. Hoy sabemos científicamente los pasos y cambios que ocurren en el transcurso de esa “concepción”, desde que penetra un espermatozoide en un óvulo hasta que se fusionan los cromosomas maternos con los paternos. Así podemos precisar que, científicamente, hay un nuevo ser humano, distinto de su madre y de su padre, cuando se ha producido el zigoto.  Es decir, cuando como resultado de esa mezcla y fusión  de la carga genética de sus progenitores se tiene un ser vivo unicelular, totipotencial, dotado de 46 cromosomas, dotación genética propia y exclusiva de los seres humanos. Ningún animal tiene 46 cromosomas.

         Esta es la dura realidad que deja al descubierto que todos los actuales “anticonceptivos” hormonales, incluyendo la “píldora del día después”, y los DIUs (dispositivos intrauterinos) no son anticonceptivos, no evitan la ovulación,  son abortivos de los primeros días de vida del embrión humano. Y ello porque, si hubo fecundación, no impiden la formación del zigoto sino que alteran el interior de la cavidad uterina, el endometrio, haciendo, que éste sea incapaz para acoger al embrión, que ya está en etapa de blastocisto. No se produce la anidación de ese pequeño embrión humano en la matriz materna, impidiendo la continuidad de su desarrollo. Esos abortivos no matan al pequeño ser humano, lo expulsan y lo dejan morir sin que la madre se entere de que estuvo embarazada. Crimen perfecto.*

Publicado en Mi firma | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

La Cultura de la Vida

2.- A  LO  LARGO  DE  LA  HISTORIA

perdidos

Frente a la Cultura de la Muerte, poderosa en recursos políticos y económicos, que se impone por la fuerza con campañas millonarias y chantajes de ideas y de personas, se alza la Cultura de la Vida, aparentemente débil, sostenida sobre todo por su amor a la verdad y a las personas humanas.

La Cultura de la Vida nace del asombro, la admiración, la indagación de la inteligencia y el respeto por la naturaleza y por la vida. Existe esa cultura, al menos en germen, en toda persona que se maravilla y se alegra al contemplar el mundo que le rodea y cuanto en él hay de belleza, de bien y de misterio.

La Cultura de la Vida se asoma con respeto y admiración a cuanto encuentra a su alrededor y pronto descubre, volviendo la mirada sobre las persona humanas, que no somos solo carne y materia física, sino que hay en todo humano algo muy superior, un aliento divino que le permite ir conociendo como son las cosas, lo que es verdad y lo que es bueno, y elegir libremente medios y fines para su propia vida, porque es cultura de espíritu y de libertad.

Las poblaciones humanas primitivas descubren que poseen espíritu cuando entierran a sus muertos con alimentos, bebidas y armas. Ese es el mensaje que nos dejan: el fallecido no ha muerto; su alma ha emprendido un viaje y por eso, ingenuamente, se le provee de medios de nutrición, de defensa y de caza.

Las culturas primitivas mezclan sus intuiciones espirituales verdaderas con elementos espurios que oscurecen o distorsionan la verdad, envolviendo el conjunto en los mitos. Serán los grandes filósofos de la Grecia Clásica los que se atreven a separar la luz de la razón de los mitos religiosos existentes. Los dioses mitológicos van cediendo así su lugar al Ser Absoluto, el Único, el Acto Puro.

images (3)Un pequeño pueblo de pastores nómadas, Israel, insignificante dentro de las grandes culturas babilónicas y egipcias, aporta sin embargo un elemento decisivo a la cultura de la vida: Jahveh: El que Es. Ya no adoran ídolos divinizados, imágenes materiales, a veces zoomórficas. Todo eso es falsedad. Existe un solo Dios, creador de todo el universo y que otorga a Israel un Decálogo moral, universal y para siempre.

Pero tanto en Grecia como en Israel, los grandes hallazgos filosóficos y religiosos pronto se oscurecen, se ensucian, se traicionan. El espíritu humano, como dijo Platón, es un auriga que va guiando un carro tirado por dos caballos: uno blanco, que tira del carro hacia arriba, hacia el cielo,  y otro caballo, negro, que tira del conjunto hacia abajo, hacia el suelo.

Entonces Dios se apiada del estado de la humanidad y entra, en el espacio y en el tiempo, y en tierras de Israel: Jesucristo. Con él nace el Cristianismo y la Cultura de la vida encuentra su centro, su fuerza sobrenatural, su rumbo definitivo y su destino ultraterreno.

Es propio de la Cultura de la Vida, ya hecha Cristianismo, el signo de la Cruz, signo de contradicción y de escándalo para muchos, pero también signo matemático (+) de suma, de integración, de inclusión; no de división ni de muerte. Por eso en su desarrollo a partir del judaísmo, no destruye ni desprecia lo mejor del judaísmo ni de las grandes culturas imperantes: la griega y la romana. Es propia de ella la humildad espiritual. Por eso al asumir la cultura grecolatina, en todo lo que encierra de verdad, confesará que “somos enanos encima de los hombros de gigantes, por eso vemos más.” Pero también es propio de esta nueva cultura de la vida purificar el amor y la justicia, desterrar de ellas el odio y la lujuria y herir, de muerte, a la esclavitud y a la opresión por motivos raciales o sexuales.

descarga (7)Los enemigos del Cristianismo, cuando la critican, olvidan que no es algo impuesto por la fuerza ni logrado en su totalidad. Es sólo un fermento que va actuando, poco a poco,  a lo largo de la historia y dentro de las distintas culturas, saneándolas de sus impurezas y realzando lo mejor de ellas mismas. No abolirá de golpe la esclavitud, tardará siglos en hacerlo y todavía, en nuestro tiempo, lucha, pacíficamente, contra nuevas formas de esa lacra social.

En la cumbre cristiana de la Edad Media, la mujer adquiere un poder y unas libertades negadas anteriormente y vueltas a perder, con el Renacimiento, hasta nuestros días. Poder femenino medieval no sólo espiritual, sino también cultural, político y económico. Asombra pensar ahora en el poder político de Leonor de Aquitania,  en el poder eclesiástico y territorial de algunas abadesas, como la de las Huelgas en Burgos (España), o en la influencia decisiva sobre el Papa de Santa Brígida y Santa Catalina de Siena.*

Publicado en Mi firma | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

De la Cultura de la Vida

1.-La vida, esa verdad maravillosa.

 camino_bosque BLOGGAparentemente vivimos tiempos de paz. Ya que no padecemos una guerra en el sentido vulgar de guerra: enfrentamiento armado, militar, entre dos bandos. Pero la realidad es que estamos inmersos en una guerra global de otro tipo: una guerra entre dos modos de plantearse lo que son los seres humanos. Por una parte se insiste en la igualdad y dignidad esenciales de todos los humanos, en la defensa, protección y desarrollo de toda vida humana. En el bando contrario se vuelve a algo peor que la esclavitud ya que, consideran que hay vidas humanas sin valor, despreciables o utilizables como animales o cosas y tras un aparente progreso y ganancia en libertades, en realidad esos están contribuyendo a la corrupción de la sociedad, manipulando y embruteciendo las mentes, masificando a los individuos e ir dejando un rastro de inmensos genocidios silenciosos.

         Es la guerra entre la Cultura de la Vida y la Cultura de la Muerte. Lucha desigual. Aparentemente, hasta ahora, va ganando la Cultura de la Muerte. Sus medios políticos, económicos y mediáticos son enormes.onu_nwo. CULTURA DE LA MUERTE.

La Cultura de la Vida en cambio es mantenida por algunas organizaciones, muchas veces muy modestas en sus medios de difusión, y por algunos “franco-tiradores” aislados –entre los que me cuento- con las únicas armas de la razón, de verdades -incluyendo las estadísticas- que se van haciendo cada vez más evidentes. Sostener que toda vida humana es valiosa y debe por ello ser respetada y cuidada, también cuando es débil e indefensa (un embrión, un enfermo, un anciano, etc.) está en la base profunda de una cultura que verdaderamente sea democrática; sobre esas raíces se asienta y ha crecido toda la cultura cristiano-occidental (a la cual pertenezco) y cuando ésta ha comenzado a ser atacada en esos fundamentos, los resultados nocivos están a la vista: la infelicidad ha cundido como una verdadera plaga. Signos claros de esa infelicidad, de ese fracaso vital de tantas personas, son el aumento de la drogadicción, del alcoholismo, del consumo de ansiolíticos y antidepresivos, de la criminalidad hasta lo bestial, de las enfermedades mentales y de los suicidios en gente cada vez más joven. Es un camino de muerte espiritual, de muerte en humanidad y en ocasiones crecientes, de  muerte física.

El arma poderosa de la Cultura de la Vida son las verdades. Su victoria no consiste en vencer, sino en convencer. Y convencer mostrando y utilizando los otros compañeros de la verdad: la belleza, la bondad, la felicidad, el amor.

La lucha de los grupos Pro-vida estadounidenses contra el aborto nos dan un ejemplo muy claro de lo que es más eficaz. Durante años insistieron en que el aborto es un crimen, mostrando incluso carteles y videos con fetos sanguinolentos y despedazados. Los resultados de esas campañas fueron muy escasos. En cambio cuando insistieron en incrementar la ayuda a las mujeres embarazadas para que no abortasen, la cifra de abortos tuvo una apreciable disminución y los partidarios pro-vida aumentaron. Hay que comprender a las víctimas que están en el bando opuesto, hay que tenderles una mano. Ponerse en su caso, “en sus zapatos”, y más que afear lo malo de su postura, ayudarles a salir de ella mostrándoles la verdad de lo contrario, y en este caso de la bondad de la maternidad y del amor que pueden dar y recibir del ser inocente e indefenso que llevan dentro.

Pienso que se darán grandes pasos en la cultura de la vida, no sólo denunciando –como es justo- los errores, las mentiras y la maldad que alimentan la Cultura de la Muerte, sino muy especialmente haciendo que se conozca cada vez mejor todo el misterio, la inteligencia, la belleza y el bien que existen en todos los capítulos más importantes de la vida humana, desde la grandeza del poder genésico y las fascinantes relaciones biológicas entre una mujer y el embrión que lleva dentro, hasta la atención de las vidas humanas que el bando contrario considera “sin valor”. Conocer, por ejemplo, como es el desarrollo del ser humano desde el cigoto hasta el parto, va mostrándonos, según lo sabemos cada vez con mayores detalles, las maravillas del desarrollo intrauterino, del “dialogo de amor biológico” que se va estableciendo entre el hijo embrionario y su madre. Cuando una cosa se conoce bien, a fondo, no sólo en sus niveles de manipulación científico-tecnológica, sino también en su misterio y belleza más profundamente humanas, si hay sincero amor a la verdad en el que conoce, entonces surge la benevolencia: la admiración, el respeto y el amor por ese ser y en consecuencia se le protege y se le ama.

Cuentan que cuando el escultor Miguel Ángel terminó de esculpir su magnífica estatua de Moisés, se quedó por un momento contemplándolo y dándole un pequeño golpe con el martillo, dijo: -¡Habla! Es cierto que esa estatua tiene una fuerza casi de realidad, pero nunca hablará. En cambio, de la unión de un espermatozoide y un óvulo humanos, tras la aparente insignificancia por su tamaño microscópico, sí sale, si se le deja crecer, una creación más valiosa que la de cualquier artista, la maravilla de un ser que no sólo habla, sino que vive y que ama.*

Publicado en Mi firma | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Aborto y progresismo

FECUNDACIÓN IN VITRONavegando por Internet encontré este artículo que conserva plena actualidad. Para los lectores que no conozcan a su autor, Miguel Delibes, debo decir que es uno de los grandes escritores españoles de transición entre los dos últimos siglos (1920-2010). Al final de su lectura, expondré los puntos en los que no estoy conforme y por qué.

————————————–

 En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural, coreaban las manifestantes: «Nosotras parimos, nosotras decidimos». En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión. La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante, en este dilema, es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.

La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo concerniente a la libertad habrá que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres. Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.

Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la moderna «progresía». En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para estos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto, y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podía recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.*

Miguel Delibes.

————————————————————

“El óvulo fecundado es algo vivo”. Eso es decir muy poco. Los defensores del aborto gustan de emplear esas mismas palabras, “ovulo fecundado” extendiéndolas hasta el momento de la implantación en el endometrio, el tejido que recubre la cara interior del útero. La realidad es muy distinta. Cuando en el ovulo fecundado se unen los cromosomas maternos y paternos, se forma el cigoto que es un ser unicelular pero totipotencial. Ya tiene en comienzo todo lo que tendrá cuando nazca. Un cigoto de perro ya es un perro, macho o hembra. Un cigoto en el interior de una mujer ya es un ser humano, varón o hembra, que tiene ya todas las fuerzas y leyes para ir desarrollando todo l que ya tiene: su humanidad. Una humanidad individual, distinta a los demás seres humanos del mundo. Ya es más que una cosa viva y tampoco es un animal ni un vegetal, es todo un ser humano. No veo por qué no puede ser llamado “persona”.

cigoto“De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida.” De nuevo el error, tal vez excusable porque Delibes no es ni médico ni biólogo. Para mí y para muchos, basándonos en simple razones humanas, “interrumpir” la vida a un ser humano es matarlo. Los médicos que juramos y ajustamos nuestro desempeño médico al Juramento Hipocrático, siempre hemos respetado la vida humana, cualquiera que sea su estado de desarrollo. Si el embrión en sus primeros días de desarrollo pudiere todavía evolucionar a vegetal o un animal, entonces no sería un crimen, como no lo es el eliminar un óvulo no fecundado o un espermatozoide. Pero desde el cigoto ya se es un ser humano en desarrollo.

         Si publico el artículo de Delibes es porque todo su razonamiento sobre lo que defiende un progresista es lúcido y correcto. Si se defiende al débil contra el fuerte y su dominio y/o violencia, entonces hay que defender a los embriones humanos porque son máximamente débiles y máximamente inocentes.  ***

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , | Deja un comentario