Defiende tu Navidad

pesebre2014

Sí; defiende tu Navidad. Que no te la ahogue la avaricia del consumismo. Aleja de ti a los diablos tentadores de un nuevo carro, un nuevo televisor, un iPod, el último modelo de celular, ese que también es enciclopedia, orquesta, mini televisor, cámara de video y no sé cuántas cosas más. Deja de seguir almacenando más utensilios que no usas. Tampoco grabes en tu palm o en tu computadora, si la tienes, toda una serie de textos, sólo para presumir de ellos, esos que nunca utilizarás, porque también eso es una forma de avaricia.
Defiende tu Navidad. Que no la enferme la gula, comiendo en esas celebraciones hasta el sopor embrutecedor o la franca indigestión. Menos aún pasarte en la bebida, para ir recorriendo todas las fases de la intoxicación alcohólica, hasta llegar al coma profundo, a riesgo de no volver. No, eso no es celebrar la Navidad, sino insultarla.
Defiende también tu Navidad de un ataque profundo de haraganería, sesteando en la hamaca de tu casa o en la de alguna playa. Tampoco eso es Navidad ni el acudir a un Santa Claus, absurdo y desubicado en nuestro clima, con sus nieves y trineos. Bien está, tal vez, dicho personaje para los que no quieren saber de la verdadera razón de esta fiesta.
No; la Navidad no es nada de todo lo anterior.
Deja que cada cual la celebre como quiera, pero tú celebra una verdadera Navidad, que es alegrarnos cada año con el nacimiento de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, Salvador nuestro y de todos los seres humanos. Celebra el hecho inefable de que ahora nos llega, recién nacido, como Niño-Dios, para que no le tengamos miedo, para que nos asombremos y nos conmovamos con su humildad, con su pobreza, con su cercanía, con su necesidad de nuestro amor, de nuestro cariño.
Celebra la Navidad y no sólo en la iglesia, sino también y muy especialmente, en tu casa, con toda tu familia reunida al calor del hogar y del pesebre donde descansa el Recién Nacido. Procura crear en estos días, a tú alrededor, un fuerte ambiente de hogar, de armonía familiar, donde el amor humano se mezcle con el amor divino hasta ser una sola cosa. Trata de que asistir a la iglesia en estos días no sea para ti, ni para los tuyos, una penosa obligación, sino un momento inefable de recargar las baterías del alma y de agradecer a Dios por todos los bienes recibidos, incluyendo los dolores y fracasos, porque Jesús, a los que mucho ama, también los bendice con la cruz.
Adorna, si quieres, el árbol navideño, pero no dejes nunca de poner el Nacimiento. Ármalo con tus hijos y/o tus nietos. Deja que ellos te estorben con sus intenciones de ayuda, sin que tú pierdas la paciencia ni el buen humor. Deja que los pequeños gocen poniendo el musgo, las montañas, las figuritas. No te extrañe ni les impidas que, una vez terminado, por la magia de sus manitas, los Tres Reyes Magos lleguen y se marchen del portal un millón de veces. Tampoco impidas que jueguen con los pastores y sus ovejas, cambiándoles de lugar aunque alguna oveja se pierda o algún pastor se caiga y se rompa, y haya que pegarle de nuevo la cabeza.
Déjales que jueguen con todo eso, porque son niños y de los que son como tales es el Reino de los Cielos. Pero vete explicándoles cual es el misterio de un Dios que se hace niño, para qué lo hace. Diles cómo nos quiere tanto que nadie, “ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro.” Explícales y aplícatelo a ti mismo, que sólo podría separarnos de su Amor, nosotros mismos si nos portamos mal, si nos empeñamos en despreciar sus deseos de amistad, en volverle la espalda o en volver a crucificarle.
Después canta con todos, niños, jóvenes y viejos, unos alegres villancicos, al son de la guitarra y de las panderetas, para honrar a Jesús, y a María y José que están con él velando su descanso. Verás, si sabes ser un poco niño, como el Recién Nacido te sonríe y te tiende los brazos, si sabes pedirle perdón por tus olvidos, tu egoísmo y también por los pecados tuyos y los de todo el mundo.
Rézale al Niño-Dios y haz que los pequeños, a su modo, le recen también. Pídele luego, con ellos, en voz alta, para que El Salvador sea un país que haga honor a su nombre, donde crezcan la paz y la solidaridad sociales, donde cese toda violencia y donde nos esforcemos en ver hermanos en todos los otros hombres.
Después véte con los pequeños y llévales dulces y juguetes a esos otros niños que nada de eso tienen. Dales esa sorpresa y siéntete bien pagado con sólo la sonrisa de esos pobres niños, porque en esa sonrisa y alegría suyas, te sonríe y te bendice el más pobre de los niños, nuestro rey, Jesús.

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